“Lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar”. Proverbio chino.

NO PODEMOS RESOLVER PROBLEMAS PENSANDO COMO CUANDO LOS CREAMOS. Albert Einstein

“Si a alguien le indigna más ver un contenedor ardiendo que una persona comiendo de él, tiene que revisar sus valores”

Sobre los poderes de siempre y los emergentes: "“No nos parece mal que nos muerda un lobo, pero a todo el mundo le saca de quicio que le muerda una oveja". Ulises de Joyce, Cap. 16




viernes, 15 de julio de 2016

Taller Bremen. Tema: la meditación

Una larga y sinuosa meditación


Antes de la meditación

—Y este es el punto final que te anunciaba. Me voy ya mismo —estalló ella tras soltarme un discurso muy quebrado en su desarrollo, más impulsado por la negatividad de sus emociones hacia mí, creciente en los últimos años, que por la claridad con la que sin duda lo había elaborado la noche anterior— ¡¡Y quítate la bata de mi madre!!
Me la quité de inmediato y me quedé desnudo en mitad de la sala. La señalé con un dedo con el brazo extendido, en un gesto que pretendía ser más informativo que de advertencia, y le dije:
—Son las 2 de la tarde de... de...
—Del martes.
—Eso es, del martes. Te dejo sola para que organices lo que te quieres llevar y volveré a media tarde del jueves. Puedes llevarte todo lo que quieras, pero que sea portátil. Me explico: te puedes llevar una lámpara que se enchufe, pero no una que esté instalada y se encienda con un pulsador que esté en la pared, o bien...
—Entendido perfectamente.
—Volveré el jueves a media tarde y cambiaré la cerradura. Tu tiempo aquí habrá terminado.
—No sabes cómo me alegro.

No entendía muy bien su furia porque me hubiera puesto en las últimas semanas, con la llegada del calorcito, una de las batas de verano de su madre, de algodón, muy fresquita y cómoda. Cierto que yo era muy delgado y que la madre, antes del desarrollo final de la enfermedad, estaba bastante gorda, pero preferí cambiar cierta elegancia tradicional por la comodidad de esa prenda para estar en casa, leyendo y estudiando sintaxis. Nada que mereciera de pronto aquella furia al pronunciar la frase.
Claro que el papel de la madre como desencadenante del enfrentamiento fue con pernoctación prolongada. Cuando salió de dos operaciones y necesitaba muchos cuidados, la trajimos a nuestra casa a cuidarla en sus últimas semanas o meses. La casa tiene forma de “L” y la parte pequeña de la forma, que nunca usábamos, incluye una cocina y un baño pequeños, más dos dormitorios. Acomodamos a la madre en el más grande y en el otro a la asistenta que contratamos. Una enfermera venía dos veces al día a hacerle todos los necesario, sustituida por otra con tarifa especial los sábados, domingos y festivos.
Ya nos iba muy mal juntos antes de lo de su madre. Hacía tiempo que había terminado la época dorada, en la que todas las mañanas iba a las siete al dojo a hacer casi dos horas de meditación, desayunaba con los compañeros el tazón de arroz con verduras y el resto del día era, todo yo, equilibrio y energía. Coincidiendo con la fecha en que abandoné esa costumbre todo iba muy mal entre nosotros: es seguro que existía una correlación pero, como le dije a ella mil veces, correlación no significa causalidad.
Lo mismo que hay parejas que en momentos de crisis tienen un hijo, para acabar separándose igual pero con el problema añadido de tener el hijo, nosotros adoptamos una madre moribunda que en lugar de morirse en poco tiempo aguantó más de un año. Coincidió con la época en la que empecé a estudiar seria e intensamente sintaxis, dedicándole gran parte de mi tiempo. Ya no salíamos juntos. Yo, ni separado. No venía nadie a casa. No sé porqué, ¿porque la veía tan desmejorada que me tomé la adopción en serio y quería serle de ayuda?, me ofrecí a leerle. Lo hacía cuatro, seis o hasta ocho horas al día. Iba a su cuarto y le decía Marta, ¿quieres que te lea algo? Ella sonreía y yo me ponía a leer. La asistenta aprovechaba para dormitar o ver la televisión. La hija de Marta se reconcomía pensando que estaba usurpando su papel. Quizá imaginara que en esos últimos tiempos iban a hablar, madre e hija, lo que no habían hablado nunca. Las dañinas y entrometidas fantasías.
—Estoy a punto de terminar de leerle las obras completas de Camus —le contesté en una ocasión a mi furiosa compañera.
—¡Pero en francés! ¡Y ella no sabe francés!
—No sabía. De tanto oírlo, al cabo de dos meses me di cuenta de que empezaba a seguirme bastante bien. Cuando entraba y le decía: Marta, ¿quieres que te lea?, en lugar de sonreír me contestaba “Je vous en prie”.
—Siempre has sido Don Inventos y Patrañas.
—Pues cuando acabe con Camus voy a leerle la obra de Amélie Nothomb. Seguro que le va a encantar.
Y pude leerle más de tres cuartas partes de esta autora, que de verdad que le encantó. Me molestó que se muriera de pronto, porque ya estaba empezando a desear leerle los libros de Pierre Michon. Lo íbamos a pasar muy bien, los dos. Pero se murió y no pudo ser.
Mi compañera estaba cada vez más furiosa. Iba a ver a su madre y nos encontraba a mí leyendo en francés y a ella escuchando, muy interesada. Le hacía a su hija un gesto con la mano como queriendo expresar “espera, que este capítulo es muy bueno”. Mi suegra se interpuso entre nosotros, cuando ya todo estaba casi perdido, y su furia fue transformándose en odio. Era como si hubiéramos tenido una hija arrugada que quería más a su papá. Para ella fue una traición imperdonable.

Cuando regresé el jueves por la tarde y entré en la sala me dio una punzada de inquietud ver que se había llevado todos los CDs de música, pero apenas si había huecos en la librería que ocupaba tres de las paredes; no más de 20 huecos había, como si se hubiera llevado solamente los que tenía interés en leer de inmediato, renunciando a todo lo demás. Fui a toda prisa a su armario y vi que apenas se había llevado nada. Fui al cuarto de su madre y estaba toda la ropa de esta. Me lo había dejado prácticamente todo, imagino que pensando que eso sería para mí una carga insoportable, pues sabía de mi incapacidad para organizar aquello de lo que debía desprenderme y luego pasar a la acción, deshaciéndome físicamente de ello. Supongo que imaginó, como imaginé yo enseguida, que cargaría el resto de mi vida con toda su ropa y objetos, más los de su madre. Todo cogiendo polvo, envenenando mi vida. De pronto tuve una descarga eléctrica de presentimiento y corrí hacia el cajón en donde guardábamos el dinero para el semestre. Estaba vacío. Corrí entonces hacia el cajón grande de la cómoda en donde desde hacía muchos años guardábamos, mejor podríamos decir “echábamos”, todo el dinero sobrante del semestre vencido, que era mucho porque gastábamos poco. Vacío. Faltaban dos meses para el cobro del semestre siguiente y me había dejado en la indigencia.
Mi padrino, primo segundo y amigo íntimo de mi padre, chocheaba conmigo. Me llevaba a su casa en un pueblo cercano a la ciudad y a pocos kilómetros del mar. Yo podía jugar solo por el campo que rodeaba la casa antigua, formando parte de la propiedad. Cuando me cansaba, subía al Torreón, donde él estaba dedicado al estudio y le pedía que me leyera. Y empezaba a hacerlo con el libro que tuviera en las manos, que era siempre de filosofía o de literatura del XIX. Mi padrino, heredero de dinero rural antiguo, con propiedades que de dar trigo y aceitunas habían pasado a dar suelo para residencias turísticas, le decía a mi padre que yo era, al mismo tiempo, el niño más listo y más tonto que había conocido, que había que protegerme porque no sería capaz de trabajar ni de cartero. Y me protegió. Con todo el dinero que tenía en la bolsa de valores, más algunas propiedades prometedoras, creó una especie de fondo que me estaba destinado hasta que se agotara. Cuando él muriera, el bufete que le llevaba los asuntos se convertiría en mi albacea, administrándome el dinero con las siguientes normas: a su muerte recibiría una cantidad que él había fijado y que se repetiría al semestre consecutivo; al año siguiente, recibiría semestralmente la misma cantidad revalorizada con el índice de inflación más un punto; así cada año. Yo no sabría nunca cuándo se agotaría. El bufete, que hacía y deshacía inversiones a su antojo, cuando se estuviera agotando el dinero y solo quedara para un semestre más, me avisaría. No tenían que darme ninguna otra información. También se encargaría el bufete, a la muerte de mi padrino, de comprar y poner a mi nombre una casa decente y grande. Y de pagar, fuera de la asignación semestral, todos los impuestos correspondientes a las cantidades recibidas más los gastos fijos que conlleva una casa, para lo que me abrieron una cuenta que fui a firmar como titular, pero que ya ni recordaba dónde estaba la sucursal. De las cartas que me enviaba el banco, por supuesto que no abrí ni una sola de ellas.
Cada semestre me daban en efectivo una cantidad que superaba con mucho mis gastos. Metía todo ese dinero en un cajón y cuando cobraba el semestre siguiente lo que había sobrado lo pasaba al cajón, más grande, de una cómoda. Qué risa cuando pasamos de las pesetas a euros y me dijeron que les llevara los billetes que tenía para que ellos se encargaran de cambiarlos. Me presenté con una maleta llena de billetes grandes. Me dijeron que esa cantidad era difícil de manejar y que me costaría entre un 20 y un 25%. Con mi mirada de listo seguida de mi cara de tonto, les dije que por supuesto que sí. A veces he pensado que el bufete vivía de todo lo que me engañaban. Pero me daba lo mismo. Un día el dinero se acabaría y tendría que estar preparado, según me dijo el padrino en una carta; que para ese momento ya debería haber espabilado.

Ahora tendría que espabilar un poquito, porque ella se lo había llevado todo y faltaban dos meses para el semestre siguiente. El bufete tenía prohibido adelantarme un solo euro. Me sentí eufórico al darme cuenta de que tendría que vivir, de momento, de pedir prestadas cantidades pequeñas a todos los que me habían sableado durante años. Sería divertido encargarme de esa tarea tan poco habitual. Sin darse cuenta, me había hecho ese favor, darme ese impulso para pasar temporalmente de tonto a listo. Bendita fuera. A cambio, era justo que hiciera algo por ella; aunque no fuera ella la que iba a disfrutarlo era una manera de darle, con años de retraso, la razón: volvería a meditar, aunque en las condiciones en las que me encontraba tendría que hacerlo solo, hasta recuperar la forma y poder presentarme en un dojo.


En la meditación

Tenía todo lo que necesitaba, pero intuía que al terminar la meditación que quería hacer como inicio de la vida nueva que iba a tener no estaría en disposición de realizar determinadas gestiones urgentes. Salí a la calle y visité a algunos amigos para pedirles pequeños préstamos de supervivencia. Cené, comí y volví a cenar platos combinados en la cafetería de debajo de su casa. Hice varios litros de té verde y té negro, los endulcé con miel, lo vertí en botellas de cristal, que guardé en la nevera. En el armario de mi suegra, cogí la bata que estaba encima, una de florecitas, y me la probé. Me estaba holgada y cómoda. La túnica negra que solía ponerme en las meditaciones en el dojo se me había quedado estrecha; imposible ponérmela. Desconecté los teléfonos y el timbre de la puerta. Busqué y encontré el zafu, bajé las persianas casi del todo, para que tanto de día como de noche se colara una luz mínima pero suficiente. Hacía un buen rato que se había hecho de noche. Por las ventanas abiertas entraba una corriente fresca que reforzó la sensación animosa que me había producido realizar tanta actividad.
En mis tiempos de meditador, había asistido a varios retiros en un entorno rural, dirigidos por un monje, con numerosas y casi continuas meditaciones prolongadas y diarias. Un tour de force que arrasaba las resistencias del cuerpo y la mente a una vida dedicada a meditar. Además, con varios compañeros, sin supervisión, en una casa de la montaña, nos pusimos a prueba con una meditación casi ininterrumpida de cuatro días y otra de siete, con descansos mínimos.
Ahora no estaba preparado para eso, pero lo iba a hacer igualmente. Necesitaba un rompimiento. Los pensamientos y actitudes asentadas durante los últimos años eran como puntos de luz que se atraían y se repelían violentamente. En mi estado mental, podría convertirme en un juguete de investigación para cualquier psiquiatra, pero decidí solventarlo solo, callada y quietamente, para lo que me convenía un grado de violencia interior muy superior al silencio y la quietud de una meditación habitual. Era lo que necesitaba. Saqué de la nevera una botella de té con miel. No quería que estuviera helada cuando fuera a beberla.
Puse el zafu a 40 centímetros del único trozo de pared que no estaba cubierto por una librería. Me senté de espaldas a la pared. Las piernas cruzadas sobre el suelo no me produjeron el dolor que había imaginado: la memoria celular antigua funcionaba mejor, en los primeros momentos, que los avisos de los músculos y tendones deformados por una vida sin control físico.
Cerré los ojos, bajé ligeramente la barbilla, enderecé la espalda, como si la cuerda de una plomada imaginaria marcara una línea, inmóvil en su tensión, que la recorriera de arriba abajo, entrando por un punto situado un poco por delante de la coronilla y descendiendo en una vertical perfecta. Realicé una inspiración y una espiración profunda y suave, que repetí casi interminablemente. La mitad superior del cuerpo se descontroló; y con ello me llegó el primer aviso de que las piernas cruzadas no se sentían cómodas: avisaban de su existencia, que es lo peor que puede esperarse en una meditación. Si se va a sacar el Yo del modo en que está fuera de la meditación, no hay que permitir la sensación desequilibrante de que el Cuerpo sí haga notar su presencia.
No podía encarar una meditación. Tantos años habían pasado. Me centré en respirar suavemente y en relajar el cuerpo desde la coronilla hasta la punta de los dedos de los pies. Una y otra vez. Concentrándome en zonas amplias y genéricas del cuerpo. Después, fui refinando la concentración y tuve, a veces, la sensación de que estaba meditando, aunque solo estuviera realizando una relajación de nivel profundo. Descendí esa práctica al nivel celular, ya que no podía, no sabía o no quería abordar la fase de meditación. Tras un tiempo indeterminado dedicado a recorrer el cuerpo desde la coronilla hacia abajo, llegué a concentrarme en las células de los tobillos, las del talón, las de las plantas de los pies, las del empeine, las de los dedos de los pies, el dedo gordo del pie derecho, el segundo dedo...
Cuando terminé y volví en mí, abriendo los ojos, ya había amanecido. No estaba seguro de haber meditado, pero sí de haber llegado a fases intermedias. Tocaba una buena  dosis de kinin. ¿Cuánto tardaría en recorrer los 24 metros, los había medido, del perímetro del salón, caminando a una velocidad que a alguien que me contemplase le parecería que me encontraba en un estado de inmovilidad absoluta?
No tuve ocasión de saberlo, de momento. La última cena en la cafetería me urgía a deshacerme del pis, que no me había molestado durante el ejercicio pero me apremiaba desde que abrí los ojos. Apoyándome en la pared, porque las piernas no me sostenían bien, fui al baño y oriné más de un litro de un pis muy oscuro. Al deshacerme de él me sentí física y mentalmente purificado. Bebí la botella de te que estaba fuera de la nevera y saqué otra para la siguiente ocasión. Miré un reloj de pared para controlar el tiempo del kinin que iba a hacer. Empecé el recorrido de meditación caminando. Al terminar, miré el reloj: 50 minutos para los 24 metros. Volví al baño, oriné el té, que ahora no tenía olor, pero sí un color clarísimo. Bebí otra botella de té. Fue un error de principiante que más tarde me pareció absurdo, porque aunque llevara unos 15 años sin meditar, yo no era un principiante. Fui al zafu y me senté en él de nuevo.

Inicié la segunda meditación y todas las señales me indicaban que ahora sí estaba meditando... hasta que dejé de percibir esas señales: es ahí cuando empieza la meditación, en la pérdida de conciencia de que lo estás haciendo. Trataba de mantener una absoluta rectitud en la espalda. Con la inspiración y la espiración, la rectitud se descomponía y tenía que rehacerla. Era lo único a lo que prestaba atención: inspirar y espirar suavemente, lo que deshacía la rectitud de la espalda y me obligaba a concentrarme en recomponerla. No existía nada más. Solo había que esperar que esos procesos pasaran a ser inconscientes para que se produjera, en un no lugar y un no tiempo, la meditación.
Cuando volví a abrir los ojos, dando por finalizado el período meditativo, en esa misma fracción de segundo sentí como si una máquina clavara miles de agujas en las piernas. El dolor era insoportable e hizo que me inclinará hacia un lado, cayendo sobre el brazo izquierdo mientras las piernas deshacían el cruzamiento. Por el color de la tarde tras las ventanas semicerradas, estaba anocheciendo. ¿Dónde estaba ese dolor mientras meditaba?, me pregunté. ¿Dónde estaba ese no dolor? Luego, caído sobre el costado izquierdo, sentí un deseo invencible de orinar. Era incapaz de levantarme. En estas meditaciones largas y continuadas que había hecho en la montaña con varios compañeros, esto pasaba a veces. No es lo mismo una meditación que no llega a dos horas que otra que encadena varias meditaciones de muchas horas cada una. En la montaña, caído sobre un costado, varias veces oriné sobre la hierba. Pero en el salón no la había. En la parte baja de una librería vi un montón de antiguos suplementos literarios de un periódico. Cogí unos cuantos y oriné sobre ellos. ¿Dónde había estado el deseo incapacitante de orinar, o el no deseo de hacerlo, durante la meditación?

Incapaz de moverme, tumbado sobre el costado izquierdo, inicié otro período de meditación. No era fácil hacerlo en esa posición tan poco ortodoxa, tumbado de lado, pero contaba con la energía y la fuerza de haber estado meditando casi una noche y un día enteros. Cuando unas tres horas después abrí los ojos, me sorprendió que estuviera sentado correctamente sobre el zafu. Los movimientos necesarios se habían producido sin que fuera consciente de ellos. El dolor súbito e intratable en las piernas, desaparecido durante ese proceso, me volvió a atacar al abrir de nuevo los ojos. ¿Dónde había estado el dolor mientras meditaba pacíficamente? En esa pregunta había consistido para mí, muchas veces, la prueba de que no estaba en donde aparentemente estaba. Claro que eso sucedía cuando ya había dejado de meditar. La meditación parecía un no lugar y un no tiempo sobre los que solo podía preguntarme cuando ya no estaba meditando.
Seguí meditando sentado y haciendo kinin hasta completar casi tres días seguidos. Por supuesto, había dejado de beber te. Un error de novato, pues no me iba a deshidratar y los efectos del exceso de líquido en el cuerpo eran indeseables.
Había roto la barrera y vuelto a la meditación por el camino más loco y desbocado. Habría debido retomarla de una manera equilibrada, la única que le da sentido, pero eso habría significado un larguísimo acercamiento gradual, para el que no estaba preparado. Posiblemente, de haberlo hecho así habría abandonado. La propensión de mi carácter a las actitudes extremas era tan propia de mí como el color de los ojos. O contaba con ello o la inutilidad se adueñaba de mí. Lo hice a mi modo y lo conseguí. Había meditado después de tantos años.


Después de la meditación

Lo primero que sentí fue el deseo de fumar.

No es extraño, porque mis primeras informaciones sobre el zen procedían de personajes de la Beat Generation que practicaban la meditación, pero luego eran unos borrachos o todavía peor, y al saltar de ahí a historias de monjes zen, descubrí que unos son absolutamente austeros y otros, los menos, son borrachines, pero conviven todos perfectamente. Ahí, en esa sorpresa, el zen me atrapó cuando era muy joven, y me convertí en meditador y fumador.
Lo primero que hice fue buscar un cigarrillo entre todas las cosas que se había dejado ella. Lo encontré enseguida, se había dejado paquetes sin terminar en casi todos los bolsos y bolsillos de sus chaquetas habituales. Me quité la bata, me asomé de cintura para arriba a una ventana, encendí el cigarrillo y lo disfruté con un placer brutal, viendo caer la tarde con una sensación de tranquilidad absoluta, capacitado para ver la desaparición de los grados de la luz diurna en períodos de pocos segundos. Me encontraba en el lado diametralmente opuesto a la tormenta perfecta.
Después me quité la bata, sin echarla a la ropa sucia porque pensaba seguir usándola, me duché y me vestí. Me sentía hambriento, así que cogí medio paquete de un bolsillo de ella, junto con un mechero de color naranja, y me fui a un restaurante vegetariano del barrio. Tomé una sopa de miso, una ensalada y un plato grande de arroz integral con verduras. Había pedido una botella de vino ecológico de la que me tomé la mitad. Satisfecho, regresé a casa dando un rodeo tan largo que recorrí casi un tercio de la ciudad. Durante la cena decidí que no estaba preparado para volver al dojo, pero que meditaría dos horas cada mañana hasta que lo estuviera. Una meditación tranquila y equilibrada que me ayudara a llevar una vida tranquila y estable. Dedicaría horarios razonables a hacer lo que me apetecía, por ejemplo seguir con los cursos de sintaxis y la narrativa norteamericana: se acabó el meterme de lleno en el estudio o la lectura hasta que era física y psíquicamente incapaz de seguir y lo único que podía hacer era levantarme e ir, tambaleándome, a beber agua ala cocina.

El regreso de la compasión y la comprensión del otro.
También me planteé, durante el paseo, el motivo por el que precisamente volvía ahora a esa situación. De haber seguido siendo como quería volver a ser, ella y yo habríamos mantenido una relación feliz. Me volví loco, me dije, porque quería expulsarla a ella de mi vida. Seguí interrogándome, ahora que me sentía capaz de hacerlo ordenadamente, acerca de ese desbocamiento que tuvo, tal como lo veía ahora, un objetivo: expulsarla a ella de mi vida haciendo que pareciera que era ella la que me había abandonadp por voluntad propia. Qué ruin fui, ¿no? Casi empecé a sentir una punzada de arrepentimiento. Cuánto esfuerzo para que fuera ella la que se marchara, la que pareciera la culpable, ya que yo me había limitado a seguir siendo el enloquecido en el que me había convertido. Sin esta nueva visibilidad tranquila, en caso de vernos, siempre podría preguntarle: ¿Por qué tardaste tanto en irte, si ya no sentías nada por mí, salvo un desprecio creciente? No podía defenderse de esa pregunta, que caería sobre ella como una lluvia de culpa.
Esos pensamientos, en los que la culpa llovía ahora sobre mí, me entristecieron, así que me esforcé por no seguir pensando en ello. Mi conducta de pasivo agresivo la había ido minando a ella y justificaba que se hubiera llevado todo el dinero. Sentí pena por quien en un principio me había dado una vida tan hermosa. ¿Tendría ella alguna probabilidad de ser la culpable de mi enloquecimiento? Probablemente influyó, pero yo, ¿no la tendría también por haber elegido el camino de destruirla a ella y nuestra relación? Con toda seguridad.

Ah, qué buenas semanas o meses me esperaban dedicados al análisis tranquilo y compasivo, para con los demás pero sobre todo para conmigo mismo, de lo que había sido mi vida; al estudio y la lectura controlados; a los paseos que fortalecerían mi cuerpo repugnantemente ablandado.
Decidí vender la casa y comprar un pequeño apartamento en un barrio de las afueras. Decidí que buscaría un trabajo modesto del que pudiera vivir. Decidí no volver a pasar por el bufete. Decidí prestar atención concentrada a todo lo que el azar o la necesidad me trajera por medio de los cinco sentidos; a prestar a la misma atención al análisis de los verbos predicativos que a fregar los cacharros después de comer, al movimiento de las plantas de los pies durante los paseos, a los cambios de la luz, a los rostros y cuerpo de las personas: a lo que fuera que atrajera mi atención. Decidí, como prioridad, prepararme bien para regresar al mismo dojo de meditación que había abandonado. Como si no hubiera dejado de asistir.
Cómo había espabilado, Padrino. Pero qué largo, sinuoso, difícil y áspero había sido el camino.









viernes, 8 de julio de 2016

Actualización de Globalízate en julio de 2016


De la actualización de Julio de Globalízate, destaco dos artículos. El primero, La doctrina zombi, de Monbiot, muy necesario. Repasa la historia, estructura y realidad del Neoliberalismo como una ideología, tan útil o inútil como cualquier otra, pero ideología: una construcción intelectual, no una ley de la naturaleza. Cuando los neoliberales dicen “la economía es así”, lo que están diciendo es “la economía neoliberal es así”. Este análisis muestra que, al haber ocultado el nombre con el que actúan, quieren que pensemos que "su visión" de la economía parezca una ley más de la naturaleza. Para mí, la lectura de este análisis ha sido lo más formativo y útil que he leído últimamente.



El segundo es como un pequeño cuento biológico-ético. Un pequeño cuento como los que nos contaban o leíamos de niños y que explicaban la vida. Nuestra vida contada como la diferencia entre pertenecer a los Grandes Reptiles que desaparecieron y ahora están en vías de desaparición, los Pequeños Reptiles o los Pequeños Mamíferos. Es un texto pequeño, pero lleno de enseñanzas profundas y útiles.





Los dos textos me han ayudado a reflexionar. No sé si no será mejor interiorizarlos en lugar de usarlos para un debate. Creo que es más apropiado usarlos para la infinidad de debates a los que hacemos frente hoy en la vida. Pero no voy a quitar la posibilidad de comentar. Lo que no es tan seguro es que en este caso conteste a los comentarios. Tampoco estoy seguro de lo contrario.

jueves, 16 de junio de 2016

Taller Bremen: tema libre


TRES HISTORIAS SACADAS DE UN CAJÓN
QUE DURANTE AÑOS NO PUDE ABRIR DE
LO ATESTADO QUE ESTABA


1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno. Honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

            2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres.

                                                                Roberto Bolaño




PRÓLOGO DE LECTURA OLVIDADA

Las personas más tontas del mundo, para mí, son las que se despiertan por la noche, aprietan un botón y creen que se enciende una luz. Sin más. Las que nunca se han detenido a pensar que detrás del botón hay unos cables que pasan por un contador de la electricidad y cada dos meses hay que pagar lo que éste marca; que luego hay unos cables cada vez más gordos que llevan hasta una central eléctrica; que los cables y la central están instalados y manejados por trabajadores y son propiedad de unos dueños que ganan el dinero que pagas; que hay Gobiernos que dictan leyes para arreglar las condiciones entre los dueños y los trabajadores, y entre los usuarios y los dueños; que esos Gobiernos también discuten con otros países, entablan relaciones entre ellos, y hasta desencadenan guerras; algunas veces, por el control de la energía. Es decir, detrás de un botón de la luz está la Historia, la que estudiamos en el colegio, la que todos sabemos o deberíamos saber. Menos las personas tontas que creen que pulsas un botón y se enciende la luz. Sin más. La Historia también está detrás de unos zapatos, unos huevos fritos o una ensalada de hormigas rojas. Detrás de todo.

Pero también hay otras historias que no son de lo que son, sino de lo que pudo haber sido, de lo que quizás fue, de lo que debió o debería ser, de lo que será... Son ésas las historias que mi padre, enarcando una ceja, llamaba “raras”. Son las que más me han gustado siempre. Esta es una de ellas. Quien la escribió se la dejó olvidada en mi casa hace años, escrita de su puño y letra. Era un primo segundo, o tercero, de mi padre que era cazador en África, de los que luego se traen los animales vivos para venderlos a los zoológicos de Europa. Pocos días después, al pasar por Barcelona, murió por las mordeduras de dos serpientes pequeñas pero muy venenosas que llevaba consigo en una cesta de mimbre. Mirándome a los ojos, agachado porque yo era muy pequeño, me dijo que eran sus amigas y que antes de dormir siempre las sacaba de la caja para jugar con ellas y que después tenía que cerrar bien la cesta para que no escaparan y mordieran a alguien. No debió cerrarla bien, salieron y se metieron en la cama con su amigo, que debió darse la vuelta mientras dormía, las aplastó y le mordieron.
El escrito lo encontré yo y lo guardé, sin decirle nada a nadie. Con el tiempo aprendí a leer bien, saqué el escrito de donde lo tenía oculto, fui descifrando su escritura endiablada y cuanto más leía más me interesaba y más quería leer. Porque era una historia rara. Pero rara de verdad. Decía al principio que se la había narrado un contador de historias de un pequeño pueblo montañoso del centro de África. Y trataba de algo parecido a nuestra Edad Media, pero era una Edad Media que venía después de un período mucho más adelantado, como si por un desastre la civilización hubiera retrocedido. ¿Una historia así? ¿En África? ¿Contada de padres a hijos durante miles de años?

Busqué durante años en las bibliotecas posibles explicaciones. Acabé encontrando tantas, y tan inciertas, que dejé de preocuparme. Sí os puedo contar las tres que prefiero, aunque no me crea mucho ninguna de ellas. La primera es una a la que las personas que piensan mucho dan el nombre de “eterno retorno”. Una explicación tan rara como el propio nombre. Dice que la historia se repite una y otra vez, o sea, que hay una civilización en la Tierra, que se desarrolla hasta que desaparece y vuelve a empezar. Bueno, es algo más complicado, pero más o menos es así. Incluso hay algunos que dicen que sí, que todo se repite, pero no del mismo modo. Cuando piensas y piensas estas cosas te acaba doliendo la cabeza y lo dejas, y eso es lo que hice yo con esta explicación.

La segunda me la dio un monje oriental en Madrid. Me habló de un antiguo y extraño grupo, tan antiguo que ya se sabía de él en la época de los faraones, dedicado a esparcir historias extrañas y disparatadas por todos los rincones del mundo, porque así los hombres ignorantes acababan explicándoselas con dioses y se hacían más sabios y más buenos. O al menos se volvían temerosos ante lo extraño y los miembros de ese grupo los podían manejar más fácilmente para lo que ellos querían. Las historias que fueron contando por todo el mundo eran tantas, y tan distintas, que algunas de ellas, al ser descubiertas por los hombres civilizados, por pura casualidad han tenido algún parecido con la realidad. ¿O eran reales porque esos hombres, muy sabios, conocían lo que había pasado o iba a pasar? Ese monje desapareció un día, sin dejar ninguna dirección de contacto, así que me quedé como estaba al principio: sin saber nada de nada.

La tercera explicación, que ahora que escribo estas notas me parece la más probable, es que mi tío segundo (o tercero), agazapado en la oscura noche africano aguardando que su presa cayera en la trampa que le había preparado, tenía miedo y se inventaba historias para olvidarlo. Después, en los días calurosos, aburrido, las escribía perezosamente para hacer más corto el tiempo hasta que llegara la noche de la caza. Y digo esto porque conozco muy bien a algunos miembros de mi familia que tienen esa fea costumbre de inventarse historias cuando están asustados, para luego ir embrollándose unos a otros, contándose historias como si las hubieran vivido, que así le va a mi familia como le va... pero esa es otra historia.



No podía saber que la vida estaba esperando

Llevaba tiempo queriendo conseguir una camiseta de las que usan los pescadores y marineros ibicencos. De color morado, cerrada con tres botones en la parte superior. Al lavarla se iba destiñendo por zonas y parecía que se formaran nubes de un morado desvaído. En aquellos tiempos el comercio era tan local que no había manera de comprar lo que no se vendía donde vivías. A veces hablaba con los hippis que dormían en la playa, esperando el barco que dos veces por semana hacía el trayecto Alicante-Ibiza, y si alguno le caía especialmente bien lo invitaba a ir a su casa a ducharse, cenar y dormir en una cama. A uno de ellos le había dado el dinero que costaba una camiseta, por si acaso el regreso lo hacía en ese mismo trayecto y podía traerle una. No esperaba que lo hiciera, pero ocho meses después se presentó en su casa y le trajo dos.
Estaba feliz con las camisetas. Salía siempre con una de ellas, descalzo, y con unos vaqueros, sin calzoncillo debajo, que brillaban por los baños de sal. Solía caminar los dos kilómetros de carretera hasta la Albufereta, porque ahí tenía muchos amigos y amigas. En la playa, se quitaba la camiseta y se bañaba con los vaqueros. El sol era tan fuerte que a los 15 minutos de tumbarse en la arena, con el calor de esta y el del sol por el otro lado, estaban secos. O si tenía ganas de estar solo, se iba hacia el cabo y se bañaba lanzándose desde una roca y tumbándose luego sobre otra.
Al atardecer, volvía a la ciudad, cenaba algo y volvía a salir, entonces calzado con unas zapatillas de esparto, y volvía a encontrar amigas y amigos con los que extender el tiempo de la noche y beber, si era posible, ginebra.
Así de tonto, así de feliz, pasaba el verano anterior al último curso universitario, el que obligaba a cambiar de vida. Feliz y tonto con su camisetilla morada, sin saber que lo que la vida estaba esperando era a darle tres hostias bien dadas.




nunca habíamos hablado de amor

No debíamos tener dinero para salir a beber ginebra aquella tarde. El caso es que no salimos. En realidad, yo tenía muy pocas cosas. La casa en la que estaba viviendo aquel verano, por ejemplo, era prestada. Una casita pequeña en el último piso; de las que se construían antes para el servicio o para el portero, pero con un pequeño mirador que daba a la Rambla y una luz que entraba por todas partes, incluso en mi dormitorio, el único de la casa, que daba a un estrecho patio. Por tanto, la luz sí que me quedaba todavía. La casa de verdad, no. Hacía tiempo que se habían ido yendo todos, mi madre y yo los últimos. Y cuando aquel verano regresé a la ciudad, una casa como la de siempre se me hacía demasiado grande, demasiado difícil de manejar.
Pero ¿cómo sacar aquella casa antigua del recuerdo y, en la nueva, poner un café en esa mesa rehecha en la memoria, con un olor de noche distante? Ni la casa me quedaba, pero aunque por aquel entonces no había aprendido aún a disfrutar de la intemperie, me iba gustando ya que lo que me quedara fuera poco. Desde entonces me fue molestando más lo que tenía, todo lo que hay que cuidar y te impide lanzarte a la calle exactamente en el momento en que lo piensas, con esa sensación fresca en las piernas.
También el tiempo me iba faltando, un cuatrimestre para terminar los estudios. Nos iba faltando el tiempo como lo habíamos vivido aquel último año, casi juntos. Era ya el cuarto tiempo el que se agotaba, después de la infancia sin colegio, la niñez con colegio, la adolescencia en la que vas haciendo tuya la ciudad y te apoderas de todo y, finalmente, el que se estaba terminado, ése en el que te vas haciendo dueño de ti mismo y cuando casi lo has conseguido te da vértigo pensar en lo que vendrá. Sobre todo, se había terminado el dinero que había ahorrado trabajando en mil cosas durante el último curso universitario. Y en uno de esos momentos en los que nos atacaba el vértigo le vi ir al armario donde estaba la ginebra, que yo sabía que no quedaba. Tampoco dinero de bolsillo para  bajar a comprar o, menos todavía, tomarla en los bares. Algo nos tuvimos que inventar, porque seguimos juntos y sonrientes, pero por poco tiempo. Nunca habíamos hablado de amor, solo de querernos mucho.


sábado, 7 de mayo de 2016

Taller Bremen. Tema: el concepto "Hay que mejorar"


Mi yo rubio

—¡Pero si te has comido todas las verduras y la tortilla de queso!
—Era parte del juego. Comer con furia aunque no estuviera bueno. Sobre todo si no lo estaba. ¿A que sí, Ramón?
—Uy, uy, uy. No te debería haber dejado solo con Migue.
—Entonces no habrías tenido tiempo a ponerte tan guapa —contestó Ramón, desarmándola antes de que preguntara a qué habían jugado y las cosas empeoraran.
—¿Y a qué habéis jugado?
—Yo era Orlando el Furioso.
—¿Desde cuándo te llamas Orlando?
—Ya me dijo que preguntarías eso y que tendría que cambiar el nombre del juego por el de El Príncipe Furioso.
—No sé si me debo atrever a preguntar en qué consiste de verdad.
Ramón lanza una mirada suplicante a Migue para que mantenga el secreto, tal como había prometido, pero está entusiasmado y se lanza a responder.
—Es así: dice Ramón que en la vida hay muchas cosas que hay que hacer sin que te gusten y que los débiles las hacen sin ganas, las olvidan y no se preparan para las grandes batallas, haciendo ejercicios de superhérores, pero que los verdaderos héroes las hacen con furia, se comen así hasta el último trocito de judía verde, pero guardan esa furia para ser fuertes y héroes y luchar contra los que...
—Bien, bien, bien... ya hablaremos mañana de eso, “Orlando”. Ahora a lavarte los dientes y a ver un poco los dibus hasta que suba la vecinita que te va a cuidar. Y tú, Ramón, como castigo recoges la mesa y friegas lo que ha ensuciado el niño. Voy a terminar de arreglarme.
Ramón, mientras empieza a hacer lo que le han mandado, le lanza a ella una mirada furiosa, frunciendo el ceño, dedicada por entero a Migue, que le ve y su carita resplandece de placer: sabe que Ramón se va a enfrentar a otro trabajo de Hércules, aunque no sabe muy bien quién es ese señor, ya se lo contará Ramón otra noche que venga a recoger a su madre y a salir con ella. Lo va a hacer con fuerza, aunque no le guste, y esa furia la guardará y se lo hará pagar a su madre más tarde. Ése es el juego: cómo hacer perfectamente lo que tienes que hacer y no te gusta, de un modo furioso, para que no se te olvide quién te obligó a hacerlo y vengarte más adelante. Se va a lavar los dientes moviéndose como si llevara sobre los hombros una capa de superhéroe cumpliendo una misión.
A Ramón le cae bien el niño. No le entusiasma, pero casi todos los niños de entre tres y seis años le suelen caer bien. Lo que sí le entusiasma es que Rebeca se prepare para salir con él. Es una verdadera chef de su cuerpo, que cocina hasta que brilla, que maquilla y perfuma y luego viste deliciosamente para que, horas más tarde, cuando el deseo haya crecido hasta ser casi insoportable, vuelvan a casa y se lo pueda comer.

Ramón vivió su infancia solo con su madre. No conoció nunca a un padre y, cuando fue mayor y preguntó por él, no recibió respuesta. Su madre era muy guapa, pero no se podía llevar bien con ella y la belleza no es un valor válido para un niño. Sólo con los años aprendió a definirla como una mujer desgraciada que conseguía transmitir la sensación de desgracia a todos los que la rodeaban. Y él, ya de niño, se sentía infeliz consigo mismo. Era pelirrojo, y no le gustaba. Pero lo peor de todo era que su pelo era crespo. Odiaba su pelo, ¿quién había visto a un pelirrojo de pelo crespo? Con los años fue viendo a niños y niñas pelirrojos, pero tenían un pelo liso y sus cabezas le parecían maravillosas. ¿Por qué él tenía que ser pelirrojo con rizos rígidos que no podía peinar y domesticar? En una ocasión, su madre le dijo que tenía el mismo pelo que su padre. Una de las escasísimas ocasiones en que le dijo algo de él. La madre odiaba a ese padre y Migue había nacido con ese pelo. Era un signo de infamia que le había sido transmitido desde el lado oculto de la vida, para que su madre sintiera por él el mismo desprecio que sentía por el padre. Ese era, en todo caso, el sentimiento que tenía Ramón. Un sentimiento de desprecio que le caía sobre la cabeza y lo convertía en alguien a quien todos preferían evitar.
Un día, no debía tener todavía los cinco años, se encontró una foto en un banco del parque. En una cocina mucho más grande y limpia que la de su casa, se ve a una madre que sonríe a su hijo. La madre no era ni con mucho tan guapa como la suya, pero se veía que era feliz y buena, que adoraba a su hijo. El niño, que da la espalda a la cámara, lleva puesto un pijama a rayas y tiene un pelo largo de color rubio. Desde que vio la foto, que se guardó y todavía conserva, tuvo la certeza de que era un niño feliz. Cuando sabía que no lo vigilaban, sacaba la foto de su escondite y la miraba concentrado. Ese niño soy yo, pensaba. Creció y se convirtió en adolescente con la fantasía potente de que tenía una doble vida, mucho mejor que la suya, en la que era rubio.

Subió la vecinita, de unos 15 años, y la mirada de Migue resplandeció. Sabía que en pocos minutos, cuando su madre y Ramón se marcharan, comenzaría una aventura que deseaba intensamente. Rebeca salió del baño resplandeciente, perfectamente cocinada. Ramón tomó la decisión de no mirarse en ningún espejo. Toda esa noche, hasta que se quedara dormido, abrazado a ella, sería rubio.


martes, 3 de mayo de 2016

De la periferia a la institucionalización: la emoción y la belleza están en el recorrido


Andrea Fraser responde a Ángela Molina en la entrevista que le hace en Babelia (1275): «Una de las lecciones más importantes que aprendí de los críticos institucionales más tempranos es que resultaba una falacia idealista esperar que de una obra se pudiera esperar un potencial crítico permanente».


Pienso inmediatamente en todas las veces en las que últimamente me han dicho que los agentes de las políticas realmente nuevas se convertirán, con los años, en iguales a los viejos. Lo que me estás diciendo, respondo, es que todavía no lo son. Por eso pienso acompañarlos en su emocionante recorrido hasta que se igualen. Será entonces cuando me detenga y me aparte, para esperar a los nuevos salvajes. De momento, la belleza de su recorrido me compensa.

sábado, 23 de abril de 2016

Por su minusvalía de pulpa (Alejandro Simón Partal)


Me voy a una terraza de Dos de Mayo, junto a un espacio de juegos para niños. Llevo Himnos abdominales, el último libro de ASP, publicado en Renacimiento, para empezar una tercera, todo por el placer, lectura.

Sigo creyendo
...
en la flor discriminada del naranjo
por su minusvalía de pulpa.

Llega un niño algo crecido, enjuto y bajito, dos tercios africano y un tercio moro, y se sube ágilmente a un árbol que está junto a la cerca del espacio de juegos. Se sienta en una bifurcación del árbol y mira cómo juegan los niños. Al poco tiempo, los de los columpios y los aparatos de subirse se detienen y le miran a él. Le admiran.

Cumplido el objetivo,

Todo en mi cuerpo es convocatoria


se baja del árbol y se va.

viernes, 1 de abril de 2016

Taller Bremen. Tema: un entierro


A hostias con el ciclista
  
La luz del sol entra violentamente en la habitación y me ciega. Me aturde. Es casi como si hubiera despertado en un incendio. Abro los ojos y en un primer momento lo veo todo borroso. Mi madre había abierto de golpe las contraventanas del balcón. Es mucho más tarde de lo habitual. Me han debido de dejar dormir más y, seguramente, esa noche dormí mal, porque no me había despertado pronto, como de costumbre. Cuando enfoco la vista, al lado de la cama está mi amigo Fernando con el traje de los domingos, de tela gris con puntitos oscuros. Fieramente restregado y repeinado; con seguridad por su madre, lo que no es habitual. Algo sucede. Son once hermanos y lo mejor de esa madre es que nunca actúa. Algo está pasando y creo saber lo que es. Mi madre le llama Fernandito. “Papá está peor, van a venir médicos y pensé que era mejor que te fueras dos días. La madre de Fernandito me ha dicho que te puedes quedar con él en su casa. Hoy es domingo y mañana no vais al colegio”. Por eso Fernando lleva el traje, porque tocaba ir a misa. Lo del peinado violento, con fijador, y la piel brillante de haber sido restregada es un extra, un signo que a cualquier niño de entonces le habría parecido un indicio de algo malo.
Me visto con la ropa de ir a la playa o a jugar por ahí. Nada de traje. Hago pis, me lavo la cara y nos despedimos. Sé lo que pasa y que el tiempo de espera es corto: ese día y el siguiente. No hay planes para el martes. Tomo una decisión fuerte y clara: si lloro, lo haré cuando nadie me vea hacerlo.
—Dale un beso a Papá.

Se lo doy, procurando no ver su mirada vacía, hacia el techo. Dos semanas antes, al irme a la misa obligatoria en el colegio, entré como siempre en el cuarto de mis padres, a darle un beso a ella. De él me despedía con la mano; los hombres no nos besábamos y yo, desde que cumplí los 10, lo era ya. Ella lee un libro y él el periódico, que le suben todos los domingos. Esa vez, me dice que le dé también uno. Cuando me inclino, mueve la cara y me lo da en los labios. Salgo de casa furioso y se lo cuento a los más amigos, asqueado. “¡Me ha besado en los labios!”. Al volver de misa me entero de que ha tenido un derrame cerebral. Mi padre ya “no está” y no parece que vaya a estar nunca. Por primera vez en la vida sé lo que es sentirme culpable. Como si una nube de tormenta, casi negra, se me hubiera metido en el cuerpo, cubriendo con una pesadez desconocida todo lo que pienso y siento. Había hecho un montón de cosas por las que habría merecido conocer la culpa, algunas de ellas graves, pero hasta ese momento nunca la había sentido; el arrepentimiento y todas esas cosas de las que nos hablan en la iglesia, tan lejanas a mi vida. Esta vez sí. Había pasado algo que él presintió, se despidió a su manera y yo me dediqué a contar a mis amigos el asco que había sentido. Ahora tengo la sensación de que él ya no está en ese cuerpo que respira, que no volverá a estar nunca, y de que no podré deshacer lo que hice. No podré mirarle y que me mire como si aquel beso no hubiera existido. Mi reacción de asco, en cambio, existió.

La madre de Fernando nos recibe, nos prepara el desayuno y nos dice que podemos hacer lo que queramos, que no hay colegio ni obligaciones; ni siquiera la de ir a una iglesia a recuperar la misa que hemos perdido. Decidimos ir a la playa con una pelota. No tenía el bañador, pero en esa casa no faltan. Él se cambia de ropa. Hasta ese momento, Fernando había mantenido una actitud de respeto reverencial, dispuesto a hacer lo que yo dijese. Al poco de estar en la playa jugando con la pelota en la orilla, esa actitud desaparece. Vuelve a estar dispuesto a pelearse por cualquier cosa, a ser divertido, y le agradezco sin decírselo que vuelva a ser mi amigo. Los dos tenemos 11 años, yo los había cumplido el día anterior al beso en los labios, y la amistad, tal como la entendíamos, era casi lo único importante que teníamos. Además del cine de los domingos.
Por la noche, antes de acostarnos, viene la madre de Fernando y me dice que mi padre ha muerto. Le digo que ya lo sabía, con la sequedad  que da la inexperiencia en el fingimiento, y ahí termina la conversación. Supongo que se sentiría aliviada, porque ni me pregunta que cómo lo iba a haber sabido. Nos acostamos y, cuando estoy absolutamente seguro de que Fernando está dormido, lloro durante mucho rato, sin pensar en nada. Lloro porque sí, hasta que me quedo dormido.

A la mañana siguiente, lunes, decidimos ir al Puerto. El domingo no merecía la pena ir, porque es el día en el que abría las puertas a todo el que quisiera entrar y pasear por la escollera. Pero en los días laborales sólo entran los trabajadores, los guardias y los marineros cuyo barco está atracado. Y nosotros, los hijos de los funcionarios de la Junta de Obras del Puerto. Un grupo que tenemos entrada libre salvo cuando hemos hecho una trastada y aparecemos en una lista con nuestros nombres sellada y firmada por el Jefe de Aduanas, en la que se indica que no podremos entrar en dos, tres, cuatro semanas, dependiendo de lo que hubiéramos hecho, con la fecha del día en que se levantará la sanción. Cuando la lista existe nos la enseña el carabinero de la puerta, que nos mira con cara de yo no os habría prohibido la entrada, sois niños. Para eso sí nos gusta serlo, para cualquier otra cosa nos habríamos enfadado, porque ya somos hombres. Muy jóvenes, en todo caso.
Vamos en bicicleta, claro. Fernando con la suya y yo con la de uno de sus hermanos. Al principio de la escollera las subimos a mano por la escalera de piedra y emprendemos una carrera hasta el faro por el estrecho paseo. Correr por correr y quitar los nervios. Sin competir. Sería imposible adelantarnos. Tiene un ancho de menos de dos metros, protegido a la izquierda por un muro bajo junto al que están los bloques de piedra y luego el mar, pero sin protección a la derecha, donde una pedalada equivocada te llevaría al suelo del puerto, unos cuatro o cinco metros más abajo. Intentar adelantarnos sería suicida. Ya lo habíamos hecho más veces, en grupo, lo de correr a toda velocidad sabiendo que el que salía el primero llegaba el primero, y el que salía el sexto llegaba el sexto. Correr en bici por allí puede ser motivo de que un vigilante o carabinero con un mal día se chive y aparezcamos en la lista; ya nos ha pasado, y el precio son cuatro semanas, pero la emoción de correr junto al vacío supera muchas veces el miedo al posible castigo. Además, casi nunca se chivan.
En el faro, sobre una plataforma amplia, nos bajamos de la bici y nos sentamos a secarnos el sudor y recuperar la respiración. Con el espíritu tranquilo por el esfuerzo. Las campanas de la iglesia principal se ponen a sonar como locas. Es por mi padre, le digo a Fernando, lo van a enterrar. Mi padre era concejal y se merecía eso y más, pienso, seguro de no equivocarme. Quiero ir a verlo pasar, le digo.

Sin habernos recuperado todavía, bajamos las bicis por la escalerita y salimos a toda velocidad del puerto. Fernando ni me discutió la idea: él habría hecho lo mismo y le parece justo. Esta vez vamos por la carretera, salimos del Puerto y giramos a la izquierda, metiéndonos luego por la Rambla, que es el camino lógico para llevarlo desde mi casa hasta la iglesia. Al final de esa calle ancha ya hay gente amontonándose en las dos aceras. Se escucha la música de la banda municipal. En cualquier momento girarán a su derecha y aparecerán. Apoyándonos en las bicis, nos encaramamos a una de las ventanas del Banco de España, un lugar desde el que se puede ver todo estupendamente, sujetándonos de los barrotes. Los de la banda municipal, con un lazo negro en la manga derecha, entran en la Rambla. Enseguida lo hace el coche fúnebre, tirado por cuatro caballos con adornos negros. Ya no me parece que una ventana sea el sitio apropiado para ese momento y le digo a Fernando que voy a ir a la acera. Me bajo y con la bicicleta, pues no podía dejarlo a él al cuidado de dos, intento abrirme paso hasta la primera fila. Voy totalmente despeinado y con la camisa empapada de sudor. Los espectadores protestan de que quiera pasar a primera fila con la bicicleta. Entonces explico la razón y la lógica de mi deseo.
—Soy el hijo del muerto.
La frase les enfada. Empiezan a empujarme hacia atrás y a pegarme. Sólo me importa proteger la bicicleta, que no es mía. Fernando baja corriendo y me ayuda a salir de allí, tirando de mí y de la bici hacia atrás.
No ha sido para tanto. La bici está bien y yo solo tengo la cara roja de las bofetadas, la camisa rota por el cuello y manchada de sangre, por un golpe en la nariz. Volvemos a subir a la ventana y desde allí veo pasar el coche negro en el que hay un ataúd, dentro del cuál está mi padre. Lo imagino como la última vez que le di un beso, pero con los ojos cerrados, ya sin mirada.
Tras el coche va el cortejo, encabezado por mis dos hermanos mayores. De pronto, me da vergüenza estar allí. Vámonos, le digo a Fernando. Reacciona al instante y enseguida hemos salido de la Rambla por una calle lateral. Corremos por toda la ciudad, cuidando de no volver a cruzarnos con el cortejo. En un parque nos paramos y nos quedamos mucho tiempo a descansar, sentados en la hierba. Con el dinero del domingo, que él sí tenía, compramos una botella mediana de gaseosa, dos cigarros de matalauva y unas cerillas. Nos terminamos la gaseosa de un trago cada uno, encendemos y fumamos uno de los cigarros, nos tumbamos mucho rato mirando hacia arriba y nos fumamos el segundo. Volvemos a casa de Fernando, dejamos las bicis en el portal, con la cadena puesta, subimos y entramos en la casa, procurando que nadie nos vea. Me lavo las manchas de sangre y él me da una camiseta. Echa la camisa manchada y rota a la cesta de la ropa sucia. La lavarán y la coserán, me dice, nadie se preocupará de saber de cuál de mis hermanos es.
Le digo que voy a pasear y luego volveré a casa, que no quiero quedarme a comer. Me quiere dar parte del dinero que le queda, total ya no le da para la entrada del cine, pero no lo acepto. Cruzo la ciudad y entro en el puerto pesquero, el que siempre está abierto porque no atracan barcos, donde sé que habrá muchos pescadores de caña. Voy hasta el muelle final, el que da al mar abierto. Les veo pescar con la paciencia con la que lo hago yo allí algunas tardes de verano. Miro el mar. Procuro recordar la cara de los que me han pegado. Memorizarla. La vida es larga y puede que tenga ocasión para la venganza. Soy un superviviente, me digo. Lo era desde antes de nacer, cuando mi madre estaba enferma y era dudoso que llegara al parto, como me habían contado varias veces. Pregunto la hora y son casi las cuatro. Seguro que nadie me estaría esperando. Pensarían que estaba con Fernando. No he comido, pero tampoco tengo hambre.
Al llegar a casa les doy un beso a todos. Me preguntan si he comido en casa de mi amigo y les respondo que sí. Hablan de cosas que no me interesan y no les presto atención. Pienso en el coche negro. Pienso que la vida va a ser distinta desde ahora, pero ni siquiera me pregunto cuáles serán los cambios. Sé que serán malos. Me siento en una butaca del mirador. Me centro en la plaza de abajo. Nadie pasa a esas horas y así me es más fácil dejar de pensar. Fijándome en la luz del sol sobre las baldosas, me quedo dormido.